martes, 30 de noviembre de 2010

Imágenes de ti



Publicado en el periódico La Voz de Galicia el 7/8/2010

Un vaso pequeño, de los de toda la vida, teñido en el fondo con una mancha de café puro que nunca desaparecía, reposaba siempre sobre una silla de madera clara situada al lado de tu cama, en esa habitación con aires de antigüedad y esencia acogedora, en la que pasabas la mayor parte del día. 
Cuando me asomaba furtivamente a esa puerta siempre te veía en la misma posición, sentado sobre la colcha verde de tacto rugoso, con las palmas de las manos apoyadas suavemente en el colchón y la cabeza baja. Y entonces yo, que en aquellos momentos ni barajaba la posibilidad de perderte, entraba en silencio y me sentaba a tu lado con ganas de permanecer siempre así. Charlábamos con el sonido de la tele de fondo, no porque nos interesara sino simplemente porque siempre estaba encendida. Y así dieciséis años seguidos. 
Hasta que el primer sábado de agosto llegaste caminando apoyado en tu bastón adonde estaba yo, esperándote. Te sentaste a mi lado en aquel banco de la plaza de tu vida. No supe lo que me decías, pero en cierta forma te despediste augurando un futuro distinto que sabías que ya no verías. Fue la última vez que nos sentamos juntos y no fue sobre la colcha verde rugosa, sino sobre un banco de madera, rodeados de árboles de tronco blanco, azotados, por la fuerza de un viento enloquecido que te arrastró poco a poco. 
La oscuridad te engulló a pesar de mis intentos e ilusiones por sacarte de ese agujero negro al que te precipitaste obligado por la vida. Mi universo se volvió sombrío y yo me quedé ciega viendo imágenes de ti a todas horas. Hasta que un día amanecí nuevamente en mi cama con la vista parcialmente recuperada. Me erguí frágil pero decidida. Te sentí cerca. Rozaste imaginariamente mi brazo, como queriéndome avisar de que estabas a mi lado dispuesto a acompañarme una última vez. 
Cerré los ojos y caminé hasta el 31, donde seguía tu habitación con aires de antigüedad y esencia acogedora. Pero la colcha verde de tacto rugoso ya no estaba, tampoco el vaso pequeño de toda la vida teñido en el fondo con una mancha de café puro que nunca desaparecía. Dejé de sentirte. Te habías ido, el vaso ya no estaba y la mancha de café había desaparecido. 

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