jueves, 4 de agosto de 2011

Canciones tristes para los malos amantes


Escucho el sonido de tu voz llamarme desde la distancia. Sé que he sido yo la que ha caminado hasta aquí sin permiso y reconozco que no sé adónde me han llevado mis pies. Solo puedo decir que está oscuro y tengo miedo. Hace un segundo estábamos juntos. Tú me agarrabas la mano con fuerza para que no me alejara y ahora solo tenemos la nada. Hace tanto que no escucho tu voz que casi es para mí desconocida. Sin saber que te pertenece, pasa corriendo por mi mente y me pide que describa el lugar. Un pozo vacío es lo único que mis labios logran articular. Preciso pensar con claridad, pero lo único que consigo dilucidar es que no puedo dar marcha atrás. No reconozco la vida que, sin permiso, me ha sido asignada. Creo que no me queda más que el llanto en silencio como la melodía que acompañe el resto de mi existencia. Y entonces, la vida, esa a la que yo acabo de insultar con mis lágrimas, me muestra en dorado espejo todo eso que no quise ver. Tú todavía no estás y mi mano aún yace sola, como muerta, en un espacio que no sé como completar. Suena una canción que clasifico como «triste»; notas y palabras se intercalan en la partitura de la vida. Escucho con atención. Permanezco en silencio dejando que sea ella la única que hable y entonces advierto que todo cuanto dice fue escrito por mí en un relato que te dedicaba a ti. Evoco el momento en el que lo escribí y, a pesar de que lo he memorizado palabra por palabra, no sé qué quiere decir. Y mientras tanto, nuestra canción triste sigue sonando. Me siento en la superficie terrosa de mi pozo, apoyo las manos en el suelo y remuevo la tierra con la punta de los dedos. Lo tengo. Recojo mi hallazgo y lo abrazo imaginando que es a ti a quien abrazo. De pronto, una luz cegadora ilumina mi pequeño habitáculo mientas reescribo mi relato en el cuaderno de pentagramas que acabo de encontrar. Comienzo con el título Canciones tristes. Luego tu nombre, y cuando considero que ya está acabado regreso a la primera página para añadir algo más. Escribo «para los malos amantes» y lo cierro para no abrirlo jamás. Comprendo que no me abandonaste. Que necesitaba estar sola para poder escribir mi propia canción con las palabras que tú me enseñaste. Recuerdo que una vez alguien me habló de un lugar llamado «El cementerio de los libros». Considero que es ahí donde debe estar mi Canciones tristes para los malos amantes y donde creo que tú lo leerás con más tranquilidad. Pero, ¿dónde está? Miro al cielo y unas nubes blancas me dicen hacia donde debo caminar. Sé que no mienten. Como tú, ellas dicen la verdad.